La decisión de juzgar en vez de conocer es lo que nos hace perder la paz. Juzgar es el proceso en el que se basa la percepción, pero no el Conocimiento. He hecho referencia a esto anteriormente al hablar de la naturaleza selectiva de la percepción y he señalado que la evaluación es obviamente su requisito previo. Los juicios siempre entrañan rechazo. Nunca ponen de relieve solamente los aspectos positivos de lo que juzgan, ya sea en ti o en otros. Lo que se ha percibido y se ha rechazado o lo que se ha juzgado y se ha determinado que es imperfecto permanece en tu mente porque ha sido percibido. Una de las ilusiones de las que adoleces es la creencia de que los juicios que emites no tienen ningún efecto. Esto no puede ser verdad a menos que también creas que aquello contra lo que has juzgado no existe. Obviamente no crees esto, pues, de lo contrario, no lo habrías juzgado. En última instancia no importa si tus juicios son acertados o no, puesto que en cualquier caso estás depositando tu fe en lo irreal. Esto es inevitable, independientemente del tipo de juicio de que se trate, ya que juzgar implica que abrigas la creencia de que la realidad está a tu disposición para que puedas seleccionar de ella lo que mejor te parezca.
Interpretación
Este texto identifica una causa directa de la pérdida de paz: la decisión de juzgar en lugar de conocer. No presenta el juicio como un error ocasional, sino como una elección activa del sistema de pensamiento de la percepción. Cada vez que juzgamos, estamos optando por permanecer en el terreno de lo percibido y renunciando, aunque sea momentáneamente, al conocimiento.
El Curso aclara que juzgar es inseparable de la percepción. Percibir no es recibir la realidad tal como es, sino seleccionar, comparar y evaluar. La percepción siempre funciona de forma selectiva: destaca ciertos aspectos, descarta otros y organiza la experiencia según criterios previos. Por eso la evaluación es su requisito indispensable. Sin juicio no hay percepción tal como la conocemos.
El problema no es que el juicio sea “negativo” o “duro”, sino que todo juicio implica rechazo. Incluso cuando creemos estar resaltando algo positivo, inevitablemente estamos descartando otra cosa. Al juzgar, decidimos qué merece ser aceptado y qué no, qué es válido y qué es defectuoso. Esta dinámica fragmenta la experiencia y refuerza la idea de separación.
El texto señala algo especialmente sutil: lo que se ha juzgado y rechazado no desaparece de la mente. Al contrario, permanece porque fue percibido. Aquello que se determina como imperfecto sigue presente como contenido mental no resuelto. Así, el juicio no libera; retiene. La mente carga con aquello que intentó excluir.
Aquí el Curso desmonta una ilusión común: creer que los juicios no tienen efecto. Si juzgamos algo, es precisamente porque creemos que existe y que nos afecta. Nadie juzga lo que considera inexistente. Por tanto, juzgar es otorgar realidad a lo que se juzga, incluso cuando se intenta negar o rechazarlo.
Por eso el texto afirma que, en última instancia, no importa si el juicio es acertado o erróneo. Desde la perspectiva del Curso, ambos mantienen a la mente en lo irreal. El problema no es el contenido del juicio, sino el acto mismo de juzgar, porque implica poner la fe en la percepción y no en el conocimiento.
El juicio parte de una creencia profunda: que la realidad está fragmentada y disponible para ser manipulada, seleccionada y ordenada según criterios personales. La mente juzgadora asume que puede elegir qué es real y qué no lo es, qué vale y qué debe descartarse. Esta es precisamente la negación del conocimiento, que no selecciona ni compara, sino que reconoce la totalidad.
En síntesis, el pasaje enseña que la paz no se pierde por lo que ocurre, sino por la decisión de evaluar lo ocurrido. Mientras la mente juzga, permanece atrapada en la percepción y en la ilusión de control. La paz se restablece no al juzgar mejor, sino al abandonar el juicio como forma de relacionarse con la realidad y permitir que el conocimiento —que no rechaza nada— ocupe su lugar.