La inocencia es el estado natural de la mente que no reconoce culpa ni mal. Es ver sin juicio, sin temor y sin interpretar la realidad desde el error, experimentando la mente tal como fue creada: pura, completa y sin engaño.
En Un Curso de Milagros, la inocencia no significa ingenuidad ni desconocimiento, sino claridad mental. Es el estado natural de la mente cuando no acepta la culpa como real. La inocencia surge al reconocer que el error no cambia lo que uno es y que ninguna acción equivocada tiene el poder de alterar la esencia.
Para el Curso, la culpa es una interpretación aprendida que nace de la creencia en la separación. La inocencia, en cambio, es la ausencia de esa interpretación. No niega que haya errores, pero entiende que los errores no son pecados ni pruebas de maldad, sino confusiones que pueden corregirse. Por eso la inocencia es inseparable del perdón: perdonar es reconocer que no ha ocurrido nada que justifique la condena.
En Un Curso de Milagros, la inocencia es la condición de la mente que no percibe ataque, culpa ni separación. No significa ignorancia, sino claridad de visión: ver lo que es real sin distorsión ni interpretación basada en miedo. Una mente inocente no se siente responsable de lo que no existe y no participa en la proyección de culpa ni juicio sobre otros.
La inocencia está íntimamente ligada a la verdad y a la percepción correcta, porque quien es inocente no se ve a sí mismo ni a los demás como dañados ni defectuosos. Esto permite experimentar paz, confianza y unión, y es la base para aceptar la guía del Espíritu Santo y la Expiación. En la inocencia, la mente recuerda su plenitud y su conexión con todos los hermanos, reconociendo que la percepción de error es solo una ilusión que puede ser corregida.
La inocencia también implica invulnerabilidad. Una mente inocente no se percibe atacada ni amenazada, porque no se ve a sí misma como culpable ni proyecta culpa en los demás. Desde ahí, las relaciones dejan de basarse en defensa y pasan a ser espacios de aprendizaje y corrección.
Es un estado de lucidez, no de debilidad, y constituye la base para la paz interior y la percepción correcta.
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