Una de las fuentes más constantes de inquietud interior es la costumbre de evaluarnos. La mente se observa a sí misma continuamente: cómo actúa, cómo responde, si lo hace bien o mal, si está avanzando o retrocediendo. Esta autoobservación no es neutra; casi siempre va acompañada de comparación, juicio y duda. Desde la perspectiva de Un Curso de Milagros, este hábito no es inocente: es una consecuencia directa de vivir en el terreno de la percepción, de la separación
Evaluarse implica aceptar que la valía puede aumentar o disminuir. Implica creer que depende de lo que se hace, de lo que se siente o de lo que se logra. Pero el Curso afirma algo radicalmente distinto: lo que eres no puede ponerse en duda. Por tanto, todo intento de medirte o definirse a uno mismo parte de una premisa falsa.
Esta enseñanza no invita a “pensar mejor de ti”, sino a retirarte del acto mismo de juzgarte. Mientras la mente se evalúa, permanece atrapada en la percepción, donde todo parece relativo y cambiante. Hoy puede sentirse correcta; mañana, insuficiente. Pero lo que fluctúa no puede ser la verdad.
La práctica que se desprende de esta enseñanza es sencilla, aunque profunda: cuando surja el impulso de analizarte, corregirte o justificarte, no intentes reemplazar el juicio por otro juicio más amable. Simplemente reconoce que no es necesario evaluarte en absoluto. No hay nada que probar ni que defender.
Esto no conduce a la pasividad ni a la irresponsabilidad. Al contrario, cuando la mente deja de centrarse en su propia valía, actúa con mayor claridad y coherencia, porque ya no está tratando de confirmarse a sí misma. La acción surge desde la calma, no desde la necesidad de validación.
Con el tiempo, esta renuncia a la autoevaluación produce un efecto concreto: la paz deja de depender de cómo te ves en un momento dado. No necesitas sentirte “bien contigo” para estar en paz. La paz aparece cuando la pregunta sobre tu valor deja de formularse.
Así, el Curso no propone construir una identidad más sólida, sino descansar en una certeza que no necesita ser pensada. Cuando la mente deja de mirarse bajo luces cambiantes, comienza a reconocerse en una claridad que no admite dudas. Y en esa claridad, el esfuerzo por ser algo se disuelve, porque lo que eres ya no está en discusión.
Para profundizar
Párrafos clave
No hay párrafos relacionados.