Una de las enseñanzas más radicales y liberadoras de Un Curso de Milagros: la distinción absoluta entre pecado y error, y la afirmación de que el pecado no es real.
Un Curso de Milagros enseña que la atracción no reside en el error, sino en el pecado, y esta diferencia no es casual. El pecado, a diferencia del error, es algo definido, cargado de significado, delimitado por una prohibición. No es fortuito ni accidental: implica una decisión que la mente interpreta como intencional y, por tanto, como parte de la identidad personal. En ese sentido, el pecado no se vive solo como “algo que pasó”, sino como “algo que soy o que hago por una razón”.
Aquí aparece un elemento clave que refuerza su atracción: la justificación. Cuando la mente define una acción como pecado, casi siempre construye un relato que la legitima. “Robo porque los ricos me roban”, “ataco porque me atacaron”, “miento porque si digo la verdad me harán daño”. La justificación convierte el acto en algo aparentemente necesario, incluso justo. De este modo, la culpa no solo se mantiene, sino que se reviste de sentido moral. El pecado deja de ser visto como un error a corregir y pasa a ser percibido como una respuesta legítima a una situación injusta.
Esta justificación es fundamental para entender por qué el pecado se repite. Al haberse convertido en un acto “con sentido”, la mente encuentra motivos para reiterarlo. No se trata solo de placer o impulso, sino de coherencia con una narrativa interna: “tenía razón al hacerlo”. Así, el pecado se integra en la identidad del ego, que se percibe a sí mismo como separado, agraviado y necesitado de defensa. La culpa, lejos de disuadir, refuerza esta identidad.
El error funciona de manera completamente distinta. El error no necesita justificación porque no define a quien lo comete. Se reconoce, se acepta y se corrige. No se convierte en una bandera ni en una causa que defender. Cuando algo se ve claramente como un error, la mente no siente la necesidad de explicarlo ni de protegerlo. Simplemente ocurrió, se aprende de ello y se deja atrás. Por eso el error no tiene atractivo: no sostiene una identidad, no otorga sentido al sufrimiento y no exige castigo.
Desde la perspectiva del Curso, esta diferencia es decisiva. Mientras algo se perciba como pecado, la mente lo protegerá mediante culpa, castigo y justificación. Mientras algo se perciba como error, la corrección ocurre de manera natural. El error se perdona y se olvida porque nunca se convirtió en “quien soy”. El pecado, en cambio, se recuerda, se defiende y se repite porque ha sido investido de significado.
Por eso el Espíritu Santo no reconoce el pecado. No porque niegue la experiencia humana, sino porque sabe que toda conducta que parece perversa es en realidad una petición de amor mal formulada. Al retirar la justificación y la culpa, lo que queda no es condena, sino una simple equivocación que puede ser corregida. Y en esa corrección, el ciclo se rompe.
Así, el Curso no nos pide que dejemos de “pecar” mediante fuerza o control, sino que dejemos de justificar la culpa. Cuando la mente deja de necesitar razones para atacar, defenderse o castigarse, el pecado pierde su atractivo y se disuelve sin esfuerzo. Lo que permanece no es la repetición, sino la paz.
El curso profundiza aún más al mostrar que el castigo no elimina la culpa, sino que la preserva. Castigar implica afirmar que el pecado ocurrió realmente y que merece consecuencias. Así, el castigo se convierte en el gran guardián del pecado. Desde esta lógica, lo que pide castigo se declara verdadero, eterno y recurrente. El ego no entiende que, detrás de lo que llama pecado, en realidad hay una llamada al amor. Por eso lleva el pecado ante el miedo, no ante el amor, exigiendo condena en lugar de ayuda.
Para profundizar
Párrafos clave
T-19-III-1-4 – Lo que resulta atractivo para la mente no es el error, sino la culpabilidad del pecado.Herramientas
No hay herramientas relacionadas.