La atracción de la culpabilidad reside en el pecado, no en el error. El pecado volverá a repetirse por razón de esta atracción. El miedo puede hacerse tan agudo que al pecado se le niega su expresión. Pero mientras la culpabilidad continúe siendo atractiva, la mente sufrirá y no abandonará la idea del pecado. Pues la culpa todavía la llama; y la mente la oye y la desea ardientemente y se deja cautivar voluntariamente por su enfermiza atracción. El pecado es una idea de perversidad que no puede ser corregida, pero que, sin embargo, será siempre deseable. Al ser parte esencial de lo que el ego cree que eres, siempre la desearás. Y sólo un vengador, con una mente diferente de la tuya, podría acabar con ella valiéndose del miedo.
El ego no cree que sea posible que lo que realmente invoca el pecado es al amor, y no al miedo, y que el amor siempre responde. Pues el ego lleva el pecado ante el miedo, exigiendo castigo. Mas el castigo no es sino otra forma de proteger la culpa, pues lo que merece castigo tuvo que haber sucedido realmente. El castigo es siempre el gran protector del pecado, al que trata con respeto y a quien honra por su perversidad. Lo que clama por castigo, tiene que ser verdad. Y lo que es verdad no puede sino ser eterno, y seguirá repitiéndose sin cesar. 7 Pues deseas lo que consideras real y no lo abandonas.
Un error, en cambio, no ejerce atracción. Lo que ves claramente como una equivocación deseas que se corrija. A veces un pecado se comete una y otra vez, con resultados obviamente angustiosos, pero sin perder su atractivo. Mas de pronto cambias su condición, de modo que de ser un pecado pase a ser simplemente un error. Ahora ya no lo seguirás cometiendo; simplemente no lo volverás a hacer y te desprenderás de él, a menos que todavía te sigas sintiendo culpable. Y en ese caso no harás sino cambiar una forma de pecado por otra, reconociendo que era un error, pero impidiendo su corrección. Eso no supone realmente un cambio en tu percepción, pues es el pecado, y no el error, el que exige castigo.
El Espíritu Santo no puede castigar el pecado. Reconoce los errores y Su deseo es corregirlos tal como Dios le encargó que hiciera. Pero no conoce el pecado ni tampoco puede ver errores que no puedan ser corregidos. Pues la idea de un error incorregible no tiene sentido para Él. Lo único que el error pide es corrección, y eso es todo. Lo que pide castigo no está realmente pidiendo nada. Todo error es necesariamente una petición de amor. ¿Qué es, entonces, el pecado? ¿Qué otra cosa podría ser sino una equivocación que quieres mantener
oculta, una petición de ayuda que no quieres que sea oída y que, por ende, se queda sin contestar?
Interpretación
El texto comienza señalando que lo que resulta atractivo para la mente no es el error, sino la culpa. El error, cuando se reconoce como tal, no seduce: se desea corregirlo y dejarlo atrás. La culpa, en cambio, ejerce una extraña atracción porque sostiene la idea de que algo verdaderamente malo ocurrió y que define lo que uno es. Por eso el Curso dice que el pecado se repite: no porque produzca placer, sino porque mantiene viva la identidad del ego, que se construye sobre la creencia de ser culpable y separado.
Incluso cuando el miedo se vuelve tan intenso que el “pecado” no se expresa externamente, la mente sigue sufriendo si la culpa permanece intacta. La atracción no está en el acto, sino en la idea de culpa misma. El ego presenta el pecado como algo perverso, incorregible y, precisamente por eso, deseable: algo que no puede ser sanado y que exige castigo. De este modo, el ego asegura su supervivencia, porque mientras algo necesite castigo, tuvo que haber sido real. Y lo que se considera real se repite, se protege y no se abandona.
El texto profundiza aún más al mostrar que el castigo no elimina la culpa, sino que la preserva. Castigar implica afirmar que el pecado ocurrió realmente y que merece consecuencias. Así, el castigo se convierte en el gran guardián del pecado. Desde esta lógica, lo que pide castigo se declara verdadero, eterno y recurrente. El ego no entiende que, detrás de lo que llama pecado, en realidad hay una llamada al amor. Por eso lleva el pecado ante el miedo, no ante el amor, exigiendo condena en lugar de ayuda.
Aquí aparece el contraste central del pasaje: el error no tiene atracción. Cuando algo se reconoce claramente como un error, surge de manera natural el deseo de corregirlo. El Curso explica que una conducta puede repetirse durante mucho tiempo mientras se la perciba como pecado, aun cuando cause dolor evidente. Pero en el instante en que se deja de verla como pecado y se la reconoce simplemente como un error, pierde su atractivo y se abandona sin lucha. La mente ya no necesita castigarse ni justificarse; simplemente deja de hacerlo.
Sin embargo, el texto advierte de una trampa sutil: a veces se admite intelectualmente que algo fue un error, pero se mantiene la culpa. En ese caso, no hay verdadera corrección; solo se cambia la forma del pecado. Mientras haya culpa, la mente seguirá exigiendo castigo, aunque use un lenguaje más espiritual o racional. La verdadera corrección no ocurre hasta que se abandona por completo la idea de pecado.
El Espíritu Santo, según el Curso, no puede castigar porque no reconoce el pecado. Solo reconoce errores, y todo error es corregible. Para Él, la idea de un error incorregible carece de sentido. El error no pide castigo, sino corrección; y toda corrección es una forma de amor. Por eso el texto afirma algo profundamente transformador: todo error es necesariamente una petición de amor. Lo que parece ataque, fallo o culpa es, en realidad, una llamada de ayuda.
Desde esta perspectiva, el pecado queda redefinido como una ilusión: una equivocación que se quiere mantener oculta, una petición de ayuda que no se desea que sea escuchada. Al ocultarla bajo culpa y castigo, la mente impide que llegue la respuesta. La sanación comienza cuando se deja de proteger el pecado con miedo y se permite que el error sea visto, reconocido y corregido desde el amor.
En conjunto, esta enseñanza desmonta la lógica del castigo y la culpa desde la raíz. No niega que la mente pueda equivocarse, pero afirma con claridad que ningún error define lo que somos ni requiere condena. Solo necesita corrección. Y esa corrección no es un juicio, sino una respuesta amorosa que disuelve la ilusión y devuelve a la mente a la paz.