El Curso enseña que el milagro no es conocimiento ni certeza absoluta; es un instrumento de corrección perceptiva. Su función principal no es revelar la verdad última, sino enderezar las distorsiones de la mente, reemplazando percepciones erróneas con percepciones más alineadas con la realidad.
Cuando el texto dice que el milagro es “la respuesta correcta a una pregunta”, señala que mientras la mente esté formulando preguntas, aún no sabe, aún está atrapada en el terreno de la percepción, que es temporal, cambiante y condicionada por miedo, juicio o creencias limitantes.
Por ejemplo, si alguien siente que una situación es amenazante o injusta, el miedo y el conflicto provienen de una interpretación incorrecta, no de la realidad en sí. El milagro interviene para mostrar una manera de percibir esa situación sin miedo, como si respondiera a la pregunta implícita de la mente: “¿Qué debo creer sobre esto para estar en paz?”. La respuesta no otorga conocimiento absoluto, pero libera de la distorsión momentánea y permite actuar con amor y claridad.
En otras palabras, el milagro es temporal y funcional: corrige la percepción allí donde surge el error, mientras la mente todavía depende de ver y juzgar. El Conocimiento verdadero, en contraste, es intemporal y no necesita preguntar, porque está más allá de toda percepción; es certeza y fuerza. Por eso, los milagros son pasos hacia la verdad, pero no la sustituyen.
En la práctica del Curso, esto significa que debemos aprender a reconocer la distorsión de la percepción cada vez que surge conflicto, miedo o juicio, y permitir que el milagro corrija esa percepción. La mente, al recibir la corrección, experimenta alivio y claridad, y así se va preparando para el Conocimiento que trasciende toda percepción.
Este principio también enseña un enfoque clave: no debemos buscar conocer la verdad última a través de la observación externa o el esfuerzo mental, sino entregar nuestras percepciones distorsionadas al Espíritu Santo, dejando que la corrección ocurra desde el nivel de la mente, no de los sentidos ni de la lógica personal.