No tienes idea del tremendo alivio y de la profunda paz que resultan de estar con tus hermanos o contigo mismo sin emitir juicios de ninguna clase. Cuando reconozcas lo que eres y lo que tus hermanos son, te darás cuenta de que juzgarlos de cualquier forma que sea no tiene sentido. De hecho, pierdes el significado de lo que ellos son precisamente porque los juzgas. Toda incertidumbre procede de la creencia de que es imprescindible juzgar. No tienes que juzgar para organizar tu vida, y definitivamente no tienes que hacerlo para organizarte a ti mismo. En Presencia del Conocimiento todo juicio queda automáticamente suspendido; y éste es el proceso que le permite al Conocimiento reemplazar a la percepción.
Interpretación
Este pasaje apunta a algo muy concreto y, a la vez, muy contraintuitivo para la mente habitual: la paz no se pierde por lo que ocurre, sino por la decisión casi automática de juzgar lo que ocurre. El Curso no presenta el juicio como un error moral, sino como un mecanismo perceptivo que nace de la creencia en la separación. Mientras creas que eres una entidad separada, sentirás la necesidad de evaluar constantemente: a los demás, a ti mismo, a las situaciones. Esa evaluación parece necesaria para orientarte, pero en realidad es lo que mantiene activa la sensación de inseguridad.
Cuando el texto dice que el alivio de no juzgar es “tremendo”, no exagera. La mente vive en tensión porque cree que tiene que decidir todo el tiempo qué es aceptable, qué no lo es, qué merece amor y qué merece rechazo. Al dejar de juzgar, no pierdes claridad; pierdes peso. Dejas de sostener una narrativa defensiva que exige estar siempre alerta. La paz aparece no como un estado especial, sino como la ausencia de esa vigilancia constante.
El juicio, además, no solo afecta a la paz interior, sino a la percepción misma del otro. Al juzgar, no ves mejor; ves menos. Reduces al otro a una imagen que tu mente puede manejar: culpable, equivocado, inmaduro, peligroso, injusto. En ese acto pierdes el significado real de lo que es, porque lo sustituyes por una interpretación. Por eso el texto afirma que al juzgar pierdes precisamente aquello que crees estar aclarando.
El Curso va todavía más lejos al afirmar que toda incertidumbre procede de la creencia de que es imprescindible juzgar. Esto invierte por completo la lógica común. No juzgas para sentirte seguro; juzgas porque ya te sientes inseguro. Y cada juicio refuerza esa inseguridad, porque confirma la idea de que la realidad es peligrosa o defectuosa y necesita ser controlada. Así, el juicio se convierte en un círculo cerrado que nunca puede producir paz, aunque parezca necesario.
Cuando el texto dice que no necesitas juzgar para organizar tu vida ni para organizarte a ti mismo, está desmantelando uno de los miedos más profundos del ego: el miedo a perder el control. El Curso no propone una vida caótica o irresponsable, sino una vida guiada desde un nivel distinto de la mente. La acción puede seguir existiendo, las decisiones también, pero sin la carga emocional del rechazo, la condena o la comparación constante.
Finalmente, cuando habla del Conocimiento, introduce una diferencia esencial. El Conocimiento no mejora la percepción; la reemplaza. En presencia del Conocimiento, el juicio no se combate ni se corrige, simplemente deja de tener sentido. No porque esté mal, sino porque ya no cumple ninguna función. La mente ya no necesita seleccionar, evaluar o excluir para sentirse a salvo.
En conjunto, la enseñanza es clara pero muy profunda: la pérdida de paz no viene de equivocarte, ni de los errores de otros, ni de las circunstancias externas. Viene de la decisión de juzgar en lugar de conocer. Y la paz no se recupera perfeccionando el juicio, sino dejando de otorgarle autoridad sobre lo que eres y sobre lo que son tus hermanos.