Imagina una situación sencilla:
una persona habla de forma brusca a alguien que quiere.
Vista como “pecado” (culpa)
La mente interpreta lo ocurrido así:
“He sido malo. Algo en mí está mal. No debería ser así. Merece castigo.”
Desde aquí, aparecen pensamientos como:
- “Siempre hago daño.”
- “Soy egoísta.”
- “No merezco amor.”
Aunque la conducta fue claramente desagradable, la mente no se libera. Puede incluso repetirse la misma conducta en el futuro, porque la culpa no corrige: paraliza o empuja a defenderse. El castigo —interno o externo— refuerza la idea de que ocurrió algo real e imperdonable. El ego queda intacto, y el patrón continúa.
Aquí el error se protege bajo la idea de pecado.
Vista como “error” (corregible)
Ahora la misma situación es vista de otro modo:
“He reaccionado desde el miedo. Esto no es lo que quiero. Me equivoqué.”
La mente no se condena, pero tampoco niega lo ocurrido. Simplemente reconoce:
- “No estaba en paz.”
- “Estaba pidiendo amor de una forma equivocada.”
- “Esto puede corregirse.”
Desde esta visión:
- Surge el deseo natural de disculparse o rectificar.
- No hay necesidad de castigo.
- No hay identidad culpable que proteger.
La conducta pierde su atractivo. No porque haya miedo, sino porque ya no sirve a nada. El error se abandona con facilidad, sin lucha.
¿Dónde está la diferencia real?
No está en lo que ocurrió externamente, sino en cómo la mente lo interpreta.
- El pecado dice: “Esto me define y merece castigo”.
- El error dice: “Esto no me define y puede corregirse”.
El Curso señala que el Espíritu Santo solo ve errores, nunca pecados. Porque solo los errores pueden ser sanados.
La clave del pasaje
Lo que parecía un ataque o una falla moral era en realidad:
una petición de amor expresada de forma equivocada.
Cuando se ve así, el error ya no necesita repetirse. No porque se reprima, sino porque ha sido comprendido y corregido.
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