Cuando la búsqueda de certeza se entrega y la paz deja de depender de la percepción

cuando una persona experimenta una relación, una decisión o una idea como “correcta” simplemente porque se siente bien en ese momento. Puede percibir paz, entusiasmo o alivio y concluir que ha encontrado “la verdad” sobre lo que le conviene, sobre quién es el otro o sobre sí misma. Mientras esa percepción se mantiene, hay confianza; pero cuando cambian las circunstancias, aparecen la duda, el miedo o la decepción.

Lo que ocurre aquí no es que la verdad haya desaparecido, sino que la persona estaba apoyándose en una percepción —aunque fuera positiva— y la confundió con certeza. Al depender de algo que puede cambiar, su seguridad también cambia. Entonces surgen preguntas como: “¿Y si me equivoqué?”, “¿Y si esto no era tan real como creía?”, “¿Y si lo pierdo?”. Esa oscilación revela que no había conocimiento, sino interpretación.

Desde el enfoque del Curso, esta confusión mantiene a la mente en un ciclo de búsqueda constante: intenta repetir, conservar o defender percepciones agradables y evitar las desagradables, creyendo que de ese modo alcanzará estabilidad. Pero como toda percepción está sujeta al tiempo y a las creencias, el resultado es tensión. La mente se esfuerza por sostener algo que no puede sostenerse.

El efecto práctico es una vida emocional inestable: momentos de aparente seguridad seguidos de inquietud, miedo o conflicto. El Curso señala que esto no se corrige analizando mejor las situaciones externas, sino reconociendo que la certeza no puede venir de lo que se percibe. La confusión se deshace cuando la mente deja de exigirle a la percepción lo que solo el Conocimiento puede ofrecer: una paz que no fluctúa.

la mente no alcanza el conocimiento ni una paz estable únicamente por darse cuenta de que la percepción fluctúa. El Curso enseña que el paso decisivo es entregar esa búsqueda de certeza al Espíritu Santo, en lugar de seguir intentándolo por cuenta propia.

Cuando la persona nota que su paz depende de cómo se siente, de cómo responde el otro o de que las circunstancias se mantengan, puede reconocer que no sabe lo que le conviene ni cómo encontrar estabilidad. En lugar de analizar más, justificar o defender su percepción, ofrece esa interpretación al Espíritu Santo y le pide que la reinterprete.

Esto no implica abandonar la relación ni cambiar la situación externa, sino cambiar el propósito. La relación o la experiencia deja de usarse para obtener seguridad, validación o completud, y pasa a tener un solo fin: aprender a ver de otra manera. En ese momento, la relación se vuelve santa, porque ya no sirve al ego, sino a la corrección de la mente.

Al ceder la función de decidir y juzgar, la mente deja de esforzarse por alcanzar paz mediante resultados. Esa renuncia abre un espacio interno donde la percepción se aquieta. El Curso enseña que en esa entrega ocurre el instante santo, en el que la mente deja de proyectar y recibe una reinterpretación que no procede del miedo.

La paz que surge entonces no depende de que la relación funcione como se esperaba ni de que la percepción sea agradable. Es una paz que proviene de haber dejado de decidir solo. Desde ahí, la percepción puede cambiar o no, pero la certeza ya no fluctúa, porque su fuente no es la percepción, sino la guía recibida.

Así, según el Curso, el camino hacia el conocimiento no es perfeccionar la búsqueda, sino entregarla, permitiendo que el Espíritu Santo la transforme en un medio para recordar una paz que no depende de nada externo.

Para profundizar

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