Las personas somos perfectas, pero en el mundo de la separación se perciben incompletas

Las personas son perfectas en su origen. En lo más profundo, cada persona es completa tal como es, porque procede del Creador y comparte su naturaleza. Esta perfección no es algo que se gane ni que se pierda; es un estado previo a cualquier experiencia.

Sin embargo, al experimentarse el mundo de la separación, esa perfección deja de ser reconocida. La separación no es un hecho real, sino una percepción: la idea de estar aislados, fragmentados y desconectados tanto del origen como de los demás. Desde esta percepción, surge la sensación de incompletud. La persona ya no se vive como totalidad, sino como una parte que necesita algo externo para sentirse plena.

En el mundo de la separación, la identidad se construye a partir de carencias. Se cree que falta amor, seguridad, reconocimiento o sentido, y que estos deben obtenerse fuera: en relaciones, logros, posesiones o validación. Así, la perfección original queda cubierta por una narrativa de insuficiencia. No porque se haya perdido, sino porque se ha dejado de percibir.

Esta sensación de incompletud genera una búsqueda constante. Pero la búsqueda está dirigida al lugar equivocado: se intenta llenar con formas externas lo que solo puede reconocerse internamente. El error no está en desear plenitud, sino en creer que no está ya presente, porque las personas son perfectas en su esencia y no carecemos de nada.

Desde esta perspectiva, el problema humano fundamental no es la imperfección, sino el olvido. Olvido de la propia totalidad, de nuestra perfección. Olvido del vínculo con el Creador. Olvido de que la identidad real no depende del cuerpo, de la historia personal ni de las circunstancias. Cuando nos sentimos incompletos debemos mirar a nuestro interior, reconocer y recordar nuestra perfección interior, dejar de buscar fuera.

El proceso de sanación no consiste en volverse perfecto, sino en deshacer la creencia en la incompletud. A medida que se cuestiona la percepción de separación, se empieza a reconocer que la plenitud no puede perderse porque nunca dependió del mundo. Lo que cambia no es lo que somos, sino cómo nos interpretamos.

Así, el camino no es añadir algo nuevo a la persona, sino retirar las capas de interpretación que la hacen sentirse fragmentada. Cuando la separación deja de tomarse como real, la perfección original vuelve a ser evidente, no como una idea idealizada, sino como una experiencia de paz, coherencia y sentido.

Por lo tanto, las personas son perfectas en su esencia, pero al percibirse separadas del Creador y de los demás, se experimentan como incompletas. La plenitud no se alcanza creando algo nuevo, sino recordando lo que siempre ha estado ahí.

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