El mundo dual es percepción del ego; la unificación es la realidad

Desde el enfoque de Un Curso de Milagros, describe dos niveles completamente distintos de experiencia: uno basado en la ilusión de separación y otro en el reconocimiento de la unidad.

El mundo dual surge cuando la mente se identifica con el ego. El ego es el sistema de pensamiento que nace de la idea de separación: la creencia de que estamos aislados del Creador y desconectados de nuestros hermanos. Desde esta percepción, la realidad se fragmenta. Aparecen el “yo” y el “otro”, el “nosotros” y el “ellos”, la comparación, el juicio y la defensa. Cada persona es vista como un ente separado, con intereses propios que pueden entrar en conflicto con los de los demás.

En este mundo dual, los hermanos no son reconocidos como iguales en esencia, sino como cuerpos distintos, historias diferentes, identidades separadas. La relación con ellos se vuelve utilitaria o defensiva: pueden ser fuente de placer, amenaza, pérdida o competencia. Aunque el deseo de unión sigue presente, se intenta alcanzar desde la forma —a través de acuerdos, control, apego o rechazo—, lo que inevitablemente refuerza la sensación de distancia.

La unificación, en cambio, no es una mejora del mundo dual, sino el reconocimiento de que ese mundo es solo una percepción del ego. En la unificación no hay mentes separadas que deban conectarse, porque nunca estuvieron realmente separadas. Lo que parecía una multitud de identidades aisladas es comprendido como una sola realidad compartida. Los hermanos ya no son “otros”, sino expresiones de la misma unidad.

Desde esta perspectiva, la desconexión no es un hecho, sino un error de percepción. No estamos intentando volvernos uno; ya lo somos, pero lo hemos olvidado al aceptar la narrativa del ego. La unificación no elimina las diferencias de forma —los cuerpos, las personalidades, las circunstancias—, pero deja de otorgarles un significado de separación. Las diferencias dejan de dividir.

Así, el paso del mundo dual a la unificación no ocurre en el exterior, sino en la mente. Cuando se renuncia a interpretar la experiencia desde el ego, los hermanos dejan de ser vistos como cuerpos separados y son reconocidos como compañeros en una misma realidad. Lo que cambia no es quiénes son ellos, sino cómo son percibidos.

El mundo dual es una ilusión, es la interpretación del ego que nos hace vernos desconectados; la unificación es la realidad en la que somos uno solo, y los hermanos no son otros, sino parte inseparable de lo que somos.

Lo que haces por tu cuenta es real para ti, dicho de otro modo, cuando actúas desde tu propia interpretación, aquello que la mente fabrica se vuelve convincente para ti: tus ideas, creencias y percepciones condicionadas por el miedo o el ego configuran una experiencia que parece auténtica, genera emociones intensas y da la impresión de producir consecuencias reales. Sin embargo, el texto subraya una distinción esencial: aunque estas creaciones tengan impacto en tu vivencia personal, no poseen realidad verdadera ni existencia en la Mente de Dios.

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